Por Isaac Hernández
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En 1924, el científico estadounidense llamado John W. Watson realizó una investigación que, aunque poco ética, fue realmente muy interesante. Para ello utilizó a un pequeño niño de once meses llamado Albert, el cual para ese entonces, no sentía ningún miedo por los roedores.
El experimento consistió en presentar una rata blanca al infante a la vez que se martillaba fuertemente una barra de acero. Albert, como la mayoría de los niños de su edad, temía a los ruidos fuertes, por lo que, después de haber sido sometido en varias ocasiones a los mismos estímulos, presentados estos no de manera separada sino unidos en el tiempo, al unísono, desarrolló una fuerte aversión por los ratones, ratas y todo animal que se les pareciese.
